23 September 2008

Una breve introducción a la Amazonia



Una vieja leyenda india dice que Dios no había terminado todavía con la Amazonia cuando el hombre hizo su aparición. Cuenta la historia que Dios decidió abandonar, esperando que el hombre no durara mucho tiempo, para volver y terminar su trabajo. Hoy en día más de 20 millones de personas viven en esta tarea inconclusa que se extiende desde los Andes en el oeste hasta el Atlántico en el este, desde la Meseta de Guyana al norte, desde  la sabana brasileña hacia el sur. Ese tamaño es desconcertante y contiene:

• 5% de las tierras del mundo.

• 20% de la reserva de agua dulce.

• 1 / 3 de los bosques del mundo.

• El 40% de América del Sur.

• El 60% de Brasil.

• El 0,4% de la población mundial.

A pesar de ser una gran selva en continuidad, la Amazonia se presenta  muy diferenciada desde la perspectiva geofísica y ecológica. Ejemplos claros que los  viajeros curiosos descubrirán son los ríos de color diferente: desde el negro profundo de las aguas del río Negro a las fangosas aguas de color amarillo del  Solimoes, y su majestuoso encuentro en el que los dos colores viajan uno al lado del otro por muchas millas, sin siquiera  mezclarse. En esa cita, es probable que el viajero descubra al ‘boto rosa’, el pre-histórico delfín rosado del Amazonas, personaje de tantas leyendas y cuentos prohibidos en la región. De hecho, el viajero se enfrenta a una de las últimas fronteras de la verdadera naturaleza salvaje.

Múltiples ecosistemas coexisten integrados entre sí; mientras  los bosques inundables y llanuras aluviales (conocidas localmente como igapó y varzea) cubren el 5% de la región, el resto del terreno está compuesto por selva de tierra firme. Son cinco las regiones con geografías específicas y características biológicas propias de cada una: la Amazonia Atlántica,  con los pantanos bordeando el mar a lo largo de la costa de los estados brasileños de Pará y Amapá en Brasil; la llanura aluvial central, que se extiende desde el Atlántico hasta el Perú siguiendo el curso del río Amazonas; la meseta Norte, una tierra de suelos pobres que se vuelve más rocosa y montañosa a medida que se avanza hacia el Norte;  la cuenca Sur, una tierra de suelos ricos y salvajes ríos fangosos; y la Amazonia cis-Andina,  una zona de transición que termina en las escarpadas pendientes nevadas de los Andes. Un típico parche de cuatro millas cuadradas en cualquier parte de la Amazonia alberga más de 1500 especies de plantas con flores, 750 especies de árboles, 125 especies de mamíferos, 400 de aves, 100 de reptiles, 60 de anfibios y 150 de mariposas. Sorprendentemente, la corona de un solo árbol, quizás de más de 15 metros, podrá acoger a más de cinco mil especies de insectos.


Es esta una región marcada por la diversidad biológica, geológica, económica y social; documentada durante siglos por los exploradores. Por ejemplo, muchos recordarán la conocida leyenda de las Amazonas, un mito creado cuando el primer hombre en viajar desde el Océano Pacífico hasta el Atlántico, Francisco de Orellana, supuestamente encontró en 1542 a estas mujeres que eran feroces combatientes. Desde entonces, otros aventureros, científicos y visionarios han viajado, estudiado y ocupado la región, aunque con diversos grados de éxito. Entre estos, los más notables incluyen a:

• Alexander von Humboldt, quien mapeó un pasaje que conecta la cuenca del Orinoco en Venezuela con la cuenca del Amazonas, el Canal Casiquiare de 300 millas de largo, disponible hoy día pero sólo para los viajeros más aventureros.    

• Henry Walter Bates y Alfred Russell Wallace, quienes en conjunto hicieron uno de los  descubrimientos más productivos en el rubro Historia Natural. Más tarde, Alfred descubriría, junto con Darwin, la teoría de la evolución.

• Jacques Cousteau, el científico y audaz aventurero moderno que, por lo que sé, es la única persona con suficiente valentía como para  haber nadado dentro de una escuela de pirañas.

Cuando se visita la Amazonia uno no puede menos que apreciar las dificultades que estos exploradores enfrentaron y las maravillas que encontraron. Desde el avión, la alfombra verde parece interminable y pacífica; sobre el terreno, es precisamente lo contrario De entrada, el viajero percibirá gorjeos, chillidos, graznidos, chirridos y una plétora de otros extraños sonidos que vienen de la nada y de todas partes al mismo tiempo. De inmediato, el perfume de frescura de las plantas florecientes se mezcla con el olor rancio de aquellas en descomposición, que marcan el incesante ciclo de la vida y la muerte en esta selva. Mire hacia arriba y verá el resultado estático de siglos de  lucha hacia la luz: las vides se entrelazan con los árboles, las ramas llegan más y más alto en un intento de burlar a las demás en una lucha desesperada por la luz del sol. Tan eficiente es esta lucha que un punto en el suelo puede recibir directamente el brillo del sol una vez cada 50 años, momento en el cual algún árbol vecino abandona la lucha, muere, cae al suelo y deja una abertura en la bóveda, una pizca de esperanza para los árboles recién nacidos. Semejante abundancia de vida es inimaginable, pero también es abrumadora.


Junto a tal exuberancia natural viven más de 20 millones de personas. La historia de la ocupación humana en la Amazonia se remonta a 11 mil años, alrededor del Monte Alegre, donde se han descubierto sitios arqueológicos que señalan la existencia de comunidades bastante complejas mucho antes de lo previsto, y en una región en la que su existencia no se consideraba  posible  hace algunos años. El viajero aventurero con unos días disponibles puede tomar un pequeño avión de Santarém a Monte Alegre y visitar  las pinturas murales de los nativos, visibles aún hoy. Las antiguas poblaciones indígenas todavía están presentes, aunque rara vez se invita a los forasteros a visitarlas. Aunque resulta chocante para algunos, hay algunas pequeñas tribus indias que nunca han sido encontradas o identificadas por nosotros, los occidentales; no se trata de un  homenaje a nuestra incapacidad, sino más bien al increíble tamaño de la selva.

Sin embargo, la ocupación más importante no indígena llegó con el descubrimiento de valiosos productos naturales: en particular, el caucho. Hevea brasiliensis, conocido localmente como seringueira, es el árbol que produce este preciado producto desde que Charles Goodyear inventó el proceso de vulcanización del caucho en 1839. A finales del siglo XIX, con la producción de la industria de bicicletas y automóviles a ritmo récord, el mercado del caucho se recalentó. La riqueza de Manaos, entonces el centro del comercio del caucho, es legendaria;  fue la primera ciudad en Sudamérica que contó con  electricidad. Adoquines, sistemas telefónicos y tranvías se importaban de Europa, junto con arañas de cristal, pianos, champaña y caviar. El principal recordatorio permanente de esa época es el Teatro Amazonas, la Ópera de Manaos. Para una población de sólo 30 mil habitantes, la Opera podía sentar 1600 y en el edificio se mezclaban el cristal, el mármol y  otros materiales opulentos importados de Europa. Tal riqueza  escondía las tremendas dificultades que enfrentaban los seringueiros con los árboles  dispersos en la selva y resistiendo los múltiples intentos de domesticarlos en las plantaciones. Restos de los sueños de domesticación pueden verse hoy en Fordlandia -acertadamente bautizada con el nombre del industrial estadounidense Henry Ford- a lo largo de las orillas del río Tapajós.

Hoy en día,  el desarrollo de Brasil invadió el sur de las fronteras de la Amazonia. Esta es tierra fértil, y con los recientes avances en la agricultura en climas tropicales, el crecimiento de la población y la suba de los productos básicos en los mercados internacionales, las economías han cambiado. En los últimos cinco años la deforestación ha oscilado entre los 15 y 26 mil kilómetros cuadrados en Brasil. Puesta en perspectiva la porción brasileña  de al Amazonia es, aproximadamente, 3.6 millones de kilómetros cuadrados, de modo que la tasa actual se sitúa entre 0.4% y 0.7%, un efecto preocupante. Se calcula que la deforestación ha alcanzado, aproximadamente, un 20% de la región para dar paso a la cría de ganado en los estados brasileños de Mato Grosso, Rondonia y Pará. El proceso socio-económico en juego es una gran migración desde el sur de los estados en Brasil, donde la tierra ya está ocupada, hacia el sur de la Amazonia, donde hay abundante tierra y poca gente.

A pesar de los avances mundiales, una mirada a los pueblos de la Amazonia también revela una poco envidiable situación socioeconómica. En la histórica sequía de 2005, el hambre, las enfermedades y el aislamiento pusieron en peligro a las poblaciones ribereñas. En las grandes ciudades, el viajero descubrirá  barrios marginales y difíciles condiciones de vida.

Denis Benchimol Minev es el Secretario de Planificación y Desarrollo Económico del Estado de Amazonas, Brasil.

Reação:

0 comentários:

Post a Comment